Hace un par de días, por medio de las redes sociales, recibí la noticia del fallecimiento de un gran amigo, médico, a causa del COVID-19. Había llegado al país para visitar a sus familiares y le sorprendió la muerte. Nadie le pudo acompañar en sus últimos momentos y fue devuelto a su esposa hecho un puñado de cenizas. Se trata de un drama que sin duda han vivido muchas familias en diversos países.

Estamos en un confinamiento a causa de una pandemia provocada por el microscópico Coronavirus, que tiene en vilo al mundo entero y ha causado cientos de miles de muertes, colapsando los sistemas sanitarios, sociales, políticos y económicos.

Cada nación hace esfuerzos titánicos por controlar la epidemia, con mayor o menor éxito y con diferentes enfoques. En unos casos se dictan regulaciones para proteger los ciudadanos, con los consecuentes efectos económico y sociales. En otros casos, las normas brindan ventajas para que no colapsen los sistemas económicos, pero desfavorece a las personas. El mundo se debate hoy entre lo económico y lo social, intentando buscar el mejor equilibrio para evitar la debacle de los países.

Mientras tanto, decenas de cientos de miles de estudiantes se mantienen resguardados en sus hogares, sin tener la oportunidad del tradicional proceso de aprendizaje presencial. Esto ha provocado un buen grado de innovación en las instituciones educativas, que intentan lograr el menor impacto en el proceso formativo de su niñez y juventud. Para ello se impulsan guías, materiales de apoyo, libretas de trabajo, aplicaciones tecnológicas en línea, clases virtuales, plataformas de comunicación y trabajo, etc.; con las correspondientes preocupaciones de los padres y responsables para lograr que sus hijos aprovechen el tiempo lo mejor posible.

Pero, ¿qué pasará con la educación, la economía, la política y el sistema sanitario cuando termine la pandemia? ¿Volverá todo a la normalidad? ¿Será igual que antes? Nos vamos a referir por ahora exclusivamente al impacto educativo.

Primero, se debe volver a las aulas sin las angustias de las clases perdidas, con el reto de hacer lo mejor posible, sin el estrés de querer cumplir rígidamente  y a como de lugar el programa académico. Tocará revisar y asegurar los aprendizajes básicos en el tiempo que la finalización de la pandemia permita, con mucha confianza y seguridad. Luego se podrá sacar provecho a las innovaciones ocurridas durante el resguardo de los estudiantes en casa, para impulsar nuevas formas innovadoras y tecnológicas para desarrollar los aprendizajes. Seguro que las clases en línea, las comunicaciones virtuales, las conectividad a distancia y las plataformas de trabajo en tiempo real tendrán un importante auge en los sistemas educativos. En conclusión: la educación ya no sería igual que antes del COVID-19.




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