En días recientes he tenido la oportunidad de conversar con algunos “patojos” sobre cómo les ha ido durante todos estos meses de pandemia, que ya suma casi año y medio con clases virtuales y que últimamente se ha tenido la oportunidad de alternarlas con clases presenciales, en un modelo híbrido.

De todos los comentarios recibidos, me llamaron particularmente la atención dos de ellos.

Un chico me refería que las clases virtuales le han servido para mejorar sus notas a base del trabajo de los demás, ya que logró desarrollar una gran capacidad de usar los trabajos y conocimientos compartidos por otros en beneficio del grupo. En mis años de estudio a esto se le llamaba COPIA. Lo que más me sorprendió positivamente de esta conversación fue la conclusión del amigo que me contaba su experiencia académica: estaba profundamente arrepentido porque se daba cuenta que no había aprendido nada y ahora se encontraba con grandes vacíos de conocimiento que le obligaban a volver a revisar lo que debió aprender hace un año. Es decir, tenía que hacer un doble esfuerzo de aprendizaje.

Otro chico me refería que en la pandemia le había ido re-mal con sus clases en la modalidad virtual. Al no comprender con claridad a lo que se refería, le tuve que pedir explicaciones sobre su afirmación. Me contó que mientras estaba en clases virtuales tenía abierta en su pantalla varias aplicaciones más: el chat de Instagram, dos videojuegos -en cuenta Fortnite-, una pantalla con Youtube y otra con TikTok. Es decir que interactuaba en sus clases virtuales con todas estas aplicaciones. Se encontraba luego con que debía volver a estudiar por su cuenta todo lo que se había explicado en clases, puesto que no lo sabía, por lo cual tenía que invertir el doble de tiempo en su aprendizaje. Ahora, en clases presenciales le había ido muchísimo mejor, porque se distraía menos.

Estas dos conversaciones me trajeron a la mente lo expuesto por un especialista europeo en formación de jóvenes, a quien tuve la oportunidad de escuchar en una conferencia hace varios meses. Ante la pregunta de cómo hacer para que los jóvenes dejen de utilizar tanta tecnología que les distrae de sus estudios, el experto comentó que más allá del control y la supervisión agobiante de los hijos -que debe de existir de forma oportuna y según la edad- lo más importante es ayudarles para que aprendan sobre la correcta gestión de su voluntad y sus decisiones.

En otras palabras y tomando como base las dos conversaciones antes referidas, los jóvenes deben aprender a gestionar cuando es el mejor momento para interactuar con las redes, cuándo se debe hacer un trabajo académico en equipo y cuándo no. Si no aprenden a gestionar adecuadamente el uso de su libertad y la toma de decisiones, seguro que el tiempo les pasará factura, como me lo confesaban los dos chicos con los que platiqué.

Los padres y educadores tenemos un profundo reto: más que condenar a los jóvenes, castigarlos y recriminarlos por la forma en cómo se comportan con el uso de la tecnología o criticarles por sus actitudes; debemos reinventar nuestros recursos -ya sea familiares en casa o metodológicos en la escuela- para lograr que nuestros adolescentes descubran lo maravilloso que resulta gestionar bien sus gustos, afanes y deseos. Este es uno de nuestros principales retos como mentores.




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