Cuando estaba en la primaria empecé a escuchar a mis padres discutir, había empezado a ocurrir antes, pero cuidaban que no escucháramos, que no nos diéramos cuenta; luego se hizo más frecuente y lógicamente, cuando las diferencias se ensanchan, se hace más difícil resguardar eso en la intimidad. Recuerdo que en una ocasión empezaron nuevamente a discutir y empecé a sentir un hormigueo en la cabeza y se los manifesté; entonces se detuvieron, preocupados, y encontré en ese mecanismo una forma de parar conflictos que empezaban por cualquier pequeño motivo. Es evidente que cuando una relación se desgasta, no se necesitan grandes razones para entablar una discusión. Los esposos empiezan peleando por un tema particular y a los 5 minutos están riñendo por la forma de pelear de los primeros 5 minutos.

Esta semana escuchaba a una psiquiatra, invitada por nuestros colegios, hablando de la gestión emocional en la cuarentena y en nuestra vuelta a la presencialidad. Afirmó que actualmente hay 2 temores muy importantes en la infancia de nuestros hijos: el temor a la muerte de los padres y el temor a que se divorcien. Efectivamente, me hizo recordar aquellos años de mi infancia. Recuerdo también que ya no quería escucharlos discutir, pero no quería que se separaran, pero ocurrió. Ese hecho fue un parteaguas en mi vida, hubo una “paz aparente” temporalmente, luego vinieron otros conflictos, que no vienen al caso de este artículo.

Mis padres no pidieron ayuda; al principio porque las diferencias eran pocas y de una intensidad que parecía manejable, luego porque se echaban mutuamente la culpa de las cosas, luego porque empezó a desgastarse la voluntad por resolver los conflictos y sin voluntad es difícil amar, y luego porque creyeron que no tenía remedio, o quizá porque no sabían cómo o a quien pedir ayuda. Quizá por eso me surgió una mayor sensibilidad por ayudar con los desafíos conyugales y familiares, pero sobre todo porque Colegios APDE es un proyecto educativo familiar en el que estamos convencidos de que, fortaleciendo la familia -que es uno de nuestros grandes tesoros y objetivos- se fortalece el mismo proyecto, ya que la familia tiene su base en el matrimonio.

Esta cuarentena ha traído muchas fuentes de estrés y pocas opciones como vías de escape. Algunos conflictos conyugales se han acentuado, se han hecho más complejos, y otros han surgido en ese tiempo; no estábamos preparados para estar 24/7 con toda nuestra familia y menos preparados para enfrentar los desafíos que trajo consigo, los problemas más objetivos, de salud, económicos, laborales, etc., y otros menos evidentes, pero igual o más impactantes en la vida cotidiana: emocionales, sentimentales, sociales, etc.

Es así como durante algunos meses veníamos desarrollando un proyecto para el acompañamiento de matrimonios con conflictos que llamamos Family Counseling; la cuarentena nos ayudó a concretarlo más rápidamente porque deseamos estar muy cerca de los matrimonios, con un absoluto respeto a su libertad, pero con la certeza de que nuestras familias tienen en nosotros a sus más fieles aliados, no solamente para su formación y la de sus hijos y su educación de talla mundial, sino para darles el soporte que necesiten, cuando así lo deseen, para esos primeros auxilios en la convivencia conyugal, y para aquellos desafíos que no son tan sencillos.

Family Counseling es un servicio de consejería familiar para matrimonios de la comunidad educativa de Colegios APDE. Estamos haciendo un esfuerzo para proveer esta atención y acompañamiento de forma gratuita, temporalmente, en la coyuntura que estamos viviendo. Tenemos limitaciones iniciales, dada la cantidad de solicitudes recibidas, pero sabemos que la atención pertinente a cada matrimonio es prioritaria.

Estamos seguros de que Family Counseling será un gran apoyo; nuestro fin es que los matrimonios vayan adquiriendo las herramientas para luchar en sus aspectos de mejora de forma autónoma, contando con que siempre se tienen fortalezas y razones para dar la batalla con optimismo; ese es uno de nuestros objetivos.

San Josemaría expresó acerca del matrimonio, que “Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad.”[1] Eso deseamos, y encomendamos, “hogares luminosos y alegres”, como él solía repetir.

La virtud por la que reconocerán que somos discípulos de Cristo es la caridad, eso nos mueve, para apoyar a los padres de familia en esta modalidad, y, por supuesto, a nuestros alumnos y colaboradores; unos y otros pueden contar con nosotros, en ese proceso que me hubiese gustado que tuviesen mis padres en aquella época y que ahora ponemos a su entera disposición.

 

[1] Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer

 




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