Los hijos vienen a este mundo dotados por Dios de dones y talentos que han de desarrollar a lo largo de sus vidas para enriquecer así a su familia de origen, a la Iglesia, a la patria y a la sociedad entera.

Dones y talentos incipientes. Han de descubrirlos sus padres primero y luego los hijos; asomarse con asombro ante esos tesoros, admirarlos y agradecerlos. He ahí la tarea que comienza en el instante asombroso de la concepción, cuando el hombre y la mujer procrean colaborando con Dios que dota de alma inmortal a esa diminuta criatura.

Desde que los hijos son conscientes de sus dones hasta que llegan a ponerlos al servicio de los demás, ha de pasar un tiempo largo de cultivo. La simple pasividad o la inercia no los desarrollan. Más allá de las opiniones y de las sensaciones subjetivas están esos tesoros.

“La verdad –explica Benedicto XVI–, rescatando a los hombres de las opiniones y de las sensaciones subjetivas, les permite llegar más allá de las determinaciones culturales e históricas y apreciar el valor y la sustancia de las cosas”.

Por encima de los condicionamientos culturales y ambientales, los padres de familia están preparados por el Creador para descubrirlos en su integridad y objetividad. ¿Tendrán todos los padres de familia hábitos de detenerse en la reflexión profunda y asomarse al don, como se asoma uno a un mirador desde donde se divisa un paisaje maravilloso?.

Pero aquí –en cada hijo- el paisaje está esbozado y hay que verlo desde ahora en su futuro desarrollo, con visión de futuro. Cuánta ilusión ponen los padres en ese

descubrimiento y luego, cuánta gratitud al Creador. Y cuánto trabajo para que esos dones encuentren el cauce adecuado y no sean eclipsados jamás.

Ha empezado la tarea, en el seno materno y en el seno de la familia tal como fue diseñada por Dios: como cuando suena el pistoletazo de salida en una carrera de relevos. Llega un momento en que los papás han de pasar la estafeta al propio hijo para que –sin dejarla caer- la lleve hasta la siguiente generación. Así creceremos en humanidad, nos haremos –en frase de Juan Pablo II- “expertos en humanidad”, nos enriqueceremos con los dones de unos y otros que serán gratuitamente compartidos.

Así mirarán los padres a los hijos. Empieza el concierto. La sinfonía maravillosa de la vida -que no se queda sólo en las dimensiones materiales y biológicas- sino que abarca también las espirituales.

La tarea de los padres, unidos profundamente a Dios, consiste en saborear ese misterio, descubrirlo en su unicidad e irrepetibilidad y comprender que su misión no puede delegarse: nadie podrá hacerla por ellos jamás.

Benedicto XVI afirmó en una ocasión que “El beato John Henry Newman hablaba de "círculo del saber", circle of knowledge, para indicar que existe una interdependencia entre las diversas ramas del saber; pero Dios y sólo Él tiene relación con la totalidad de lo real; en consecuencia, eliminar a Dios significa romper el círculo del saber”. Sin la primacía de la ayuda de Dios, la iniciativa descubridora humana –paterna y materna- se quedaría miope y corta: sería imposible favorecer aquellos dones en su dimensión trascendente.

El Papa emérito animó durante su pontificado a tener “siempre la mirada vuelta hacia Cristo, el único Maestro, para que con su Espíritu haga eficaz vuestro trabajo. Os confío a la protección maternal de María Santísima, Sedes Sapientiae”

Termino estas reflexiones con una enseñanza que el Papa Francisco nos dio el 19 de marzo de 2014. Refiriéndose al papel desempeñado por San José en educar a Jesús, habla de la “segunda dimensión de la educación”: se refiere a “la sabiduría. Afirma que “José fue para Jesús ejemplo y maestro de esta sabiduría, que se nutre de la Palabra de Dios”. Podemos pensar en cómo José educó al pequeño Jesús a escuchar las Sagradas Escrituras, en especial acompañándole el sábado a la sinagoga de Nazaret. Y José lo acompañaba para que Jesús escuchara la palabra de Dios en la sinagoga”. Confío en que los papás que leen estas líneas sabrán también educar a sus hijos en esa segunda dimensión, tan sabiamente como lo hizo San José.




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