Cualquier persona que haya leído en la literatura sobre la temática que nos ocupa y seguido alguno de los numerosos debates en los que se suscitan los beneficios de seguir unos estilos de vida saludable, probablemente se habrá planteado, entre otras, alguna de las siguientes cuestiones: ¿es la familia un medio facilitador en la promoción de estilos de vida saludables y desde qué momento?, ¿los estilos de vida saludables tienen prolongación en la edad adulta? y ¿los estilos de vida tiene una connotación global u holística?

La respuesta en cualquier caso es afirmativa. SI, la familia puede, hace y debe hacer mucho por el logro del bienestar y calidad de vida de todos y cada uno de sus miembros, a nivel global u holístico. En consecuencia, es fundamental desde los primeros años, cuidar nuestro cuerpo y alma, como afirmaba Cleóbulo, uno de los siete sabios de Grecia, siglo IV antes de Cristo, “Guarda la salud de tu cuerpo y alma”.

Los estilos de vida saludables vienen definidos en gran medida por la transmisión familiar, la educación recibida, y el ambiente físico y social en que cada persona vive. La familia es “el primer escenario natural de la vida”, (López-Barajas, 2013:60).

Nuestros estilos de vida repercuten significativamente en nuestra salud, de manera que la adopción de éstos contribuye a un mejor estado de salud tanto física como psicológica y a una mejor calidad de vida en la edad adulta.

El papel de la institución familiar es fundamental en la promoción de estilos de vida saludables.

Tiene una triple proyección:

  • Educativa: crear estilos de vida saludables desde los primeros años.
  • Socializadora: realiza la socialización primaria de los hijos, al ser el entorno cotidiano donde se actúa.
  • Preventiva: agente preventivo al poner en acción estilos de vida saludables, de tal manera que, desde temprana edad, contribuye a que adoptemos unos estilos de vida que prevengan enfermedades y promuevan conductas saludables, que incidan en una mejor salud y bienestar a lo largo de la vida.

La familia es un contexto de ejemplo, imitación y consolidación a nivel global u holístico de las conductas, valores y estilos de vida, etc., de las personas con las que se convive y donde se van adquiriendo hábitos que poco a poco, moldean sus preferencias y costumbres que durante la vida adulta estarán, en mayor o menor medida, presentes. De hecho, los niños copian los comportamientos de sus mayores, así por ejemplo, si los adultos realizan actividad física, les están transmitiendo un modelo de vida activa y saludable.

El profesor Rof Carballo (1984) manifiesta la necesidad de una urdimbre afectiva - envoltura física, emocional y social- en la que, desde la infancia, el niño adquiere y desarrolla hábitos y comportamientos saludables que determinaran su personalidad, conducta y su estado de salud.

De acuerdo con la Carta de Ottawa para la Promoción de la Salud (1986) se postula que “la salud se crea y se vive en el marco de la vida cotidiana, en los centros de enseñanza, de trabajo y de recreo”.

Numerosas investigaciones, organizaciones y medios de comunicación están centradas en sensibilizar sobre la importancia de la adopción de estilos de vida saludables fundamentalmente, alimentación y ejercicio físico, desde la infancia (Organización Mundial de la Salud, 2004; Domínguez- Vázquez et al, 2009; Fuster, 2010; Estrategia NAOS, 2005 y dentro del marco de dicha estrategia el programa piloto Perseo (6-10 años), 2008; y Estudios en KID (1998-2000); Telecinco en la campaña: 12 meses 12 Causas. Por una alimentación sana, 2008 y Antena 3 con El Estirón, entre otras, 2012). También, muestran que la adopción de estilos de vida saludables desde la infancia colabora a que los niños estén más sanos, y que las buenas conductas en familia logren evitar problemas en la edad adulta y, en consecuencia, favorezcan una mejor calidad de vida.

El análisis de los estilos de vida adquiere un interés creciente, ya que el conjunto de pautas y hábitos de comportamientos cotidianos de las personas adquiridos a través de experiencias de aprendizaje en la familia tienen un efecto importante en su salud.

Cada día aumenta la prevalencia del conjunto de enfermedades relacionadas con los malos hábitos. Entre los factores más comúnmente conocidos como determinantes de nuestra salud a partir de Lalonde (1974) debidos, en parte, a nuestro estilo de vida destacamos los conductuales como la alimentación sana, la actividad física, el tabaquismo, el consumo de alcohol, el estrés, etc., y los factores personales como la genética, la inteligencia y la capacidad cognoscitiva.

Queremos plantear que una fórmula para promover hábitos de vida saludable desde la familia es modificar el comportamiento de los niños a través de experiencias de aprendizaje positivas: cocinar en familia, probar nuevos platos, salir a pasear al aire libre, etc. y explicarles las consecuencias de no llevar un estilo de vida saludable: obesidad, trastornos de los comportamientos alimentarios: anorexia, bulimia y sedentarismo, etc.

La mayoría de los estudios se centran fundamentalmente en los efectos beneficiosos de una dieta antioxidante rica en verduras, frutas, cereales, productos ricos en omega-3, y las sustancias que contienen elementos antioxidantes los beta carotenos y los minerales en la aparición de ciertas enfermedades degenerativas y crónicas como el Alzheimer (Alarcón et al. 2oo1, Bello, 2005; Castillo et. al, 2007).

Cabe destacar que una buena alimentación es importante para una buena salud. Por ejemplo, se ha demostrado en estudios epidemiológicos, que un mayor consumo de verduras y/ o frutas, potenciando el consumo de la dieta mediterránea disminuye el riesgo de cáncer de pulmón, de esófago, de estómago y de colon (Greenwald, Clifford y Milner, 2001).

Además, la obesidad aumenta el riesgo de una persona a padecer enfermedades y muerte debido a diabetes, apoplejía enfermedad de la arteria coronaria, hipertensión, colesterol alto, así como insuficiencia renal, entre otras complicaciones.

Por otra parte, realizar actividades físicas en familia es importante no sólo para el desarrollo personal de la persona, sino también para potenciar la socialización, la comunicación, el optimismo y la relación afectiva entre sus miembros.

La relación entre actividad física y salud se ha puesto en evidencia con los numerosos estudios que se han realizado en las últimas décadas (Thune y Furberg, 2001; Cotman y Berchtold, 2002; Colcombe et al. 2003; McDowell et al. 2003 y Gray y Leyland, 2008, entre otros).

Según la Organización Mundial de la Salud (2001) en el documento Salud para Todos en el año 2010 se destaca la importancia y necesidad de aumentar la proporción de personas que realizan actividad física moderadamente, puesto que la actividad física regular, además de disminuir el riesgo de caídas y fracturas etc., promueve un mejor bienestar y funcionamiento cognitivo.

Tampoco debemos de olvidar que para establecer unas pautas que ayuden a sentar las bases de un estilo de vida saludable, tenemos que conseguir potenciar las campañas de educación y prevención del consumo de ciertas sustancias como el tabaco, alcohol y drogas en adolescentes, como por ejemplo, las organizadas, entre otras, por: la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD): Habla con tu hijo, 1995, Da poder a tus hijos ante las drogas 2004; el Dirección General de Tráfico: Alcohol. Tú verás lo que te mola, 2006, Ministerio de Sanidad y Consumo, Elige espacios sin humos. Por lo que más quieras, 2007; la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNDOC): “¿Controlan las Drogas tu vida?”, 2012, entre otras.

Por otra parte, queremos señalar que aunque todas las personas necesitamos en el transcurso de nuestra vida una alimentación saludable, actividad física y un merecido descanso para fortalecer el cuerpo, no podemos olvidar que el componente socio-afectivo ocupa un lugar igual importante en nuestro bienestar y en lo cual en lo que la familia tiene mucho que aportar. Sentirse valorado, querido, tener el sentimiento de grupo y poder tomar decisiones son acciones que se aprenden en la familia, las cuales nos mantienen activos y saludables, tanto como hacer las cinco comidas diarias o ir a caminar diariamente.

En definitiva destacamos que la familia:

-Debe ser referente de los comportamientos que desarrollarán los niños y jóvenes en el futuro. En consecuencia, es importante, por tanto, promover desde las familias a edades tempranas unos hábitos y conductas saludables que contribuyan a la prevención de enfermedades.

-Juega un papel fundamental en enseñar a sus miembros la importancia que tiene la adquisición de estilos de vida saludables desde edades tempranas y que les ayudan a envejecer con una mejor calidad de vida en la edad adulta.

-Es una de las fuentes principales de generación y desarrollo de los buenos hábitos alimentarios, de ejercicio y de equilibrio emocional. Sería deseable que la educación, por lo tanto, estuviera encaminada no sólo hacia la promoción de la salud y prevención de las enfermedades sino también en la búsqueda de soluciones a las enfermedades producidas por los estilos de vida ‘poco o nada saludables’ de la población.

-Tiene mucho que decir y hacer desde edades tempranas, de manera que vaya inculcando en sus miembros, la importancia de cómo dice el refrán popular: “más vale prevenir que curar”.

Resumiendo: No queremos concluir sin insistir, una vez más, en el punto de partida de que la familia es un agente promotor de estilos de vida saludables, y que la práctica de estilos de vida saludables desde la familia significa vivir mejor a nivel personal y social.


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